16 diciembre 2007

¿Por qué estudiar Derecho?


Elegí estudiar Derecho porque… “Se gana mucho dinero”; “Es fácil”; “Tengo parientes abogados”; “Me gusta nomás”; “No sé bien, pero quiero ser abogado”; son algunas de las muchas respuestas que se pueden recibir ante una simple pregunta: ¿por qué estudias Derecho?.

Estoy en el tercer año de la carrera y mi respuesta a la pregunta era bastante ingenua al comienzo. Decidí estudiar Derecho un tiempo después de terminar el bachillerato, a partir de un curso de Derechos Humanos en el que participé y me introdujo a algo prácticamente desconocido para mí, antes de esto tenía apenas una vaga idea de lo que implica la profesión, ignorando la manera en que se desenvolvía realmente el entorno.


En el curso de Derechos Humanos encontré el lado ideal del Derecho, la búsqueda de la justicia, el respeto a las personas, la aceptación de las diferencias, el fomento de la paz, un conjunto de ideales que me hicieron, en una sola palabra, soñar. En muy poco tiempo tomé la decisión, encontré mi vocación, una actividad que trasciende todos los ámbitos y cuya importancia en las vidas de las personas es indiscutible. A pesar de mi ingenuidad, sabía que nada es perfecto, pero no importaba, le veía sólo el lado positivo. Estaba lejos de imaginarme los niveles de imperfección a los que podría llegar lo que idealizaba.


La visión idílica duró bastante tiempo, sorprendentemente, a pesar de que abundaban los comentarios despectivos con la sola mención de la carrera elegida. En verdad, mucho no interesaba, aunque admito me daba cierta molestia. Lo dejaba pasar calificándolo como absurdas generalizaciones, fruto del afán de desalentarme o burlarse de mí. Estaba en negación, vivía en un frasco.


Para ingresar a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Asunción se debe realizar un cursillo de unos meses, previo al examen de ingreso, que si bien no era lo suficientemente organizado, era aceptable, y además, pensaba que todo mejoraría más adelante. Aprobé el examen sin muchas dificultades, ya era un alumno y en seis años sería un abogado.


La realidad si que golpea fuerte, esperaba demasiado y obtendría demasiado, de lo que no esperaba. Siendo recatado podría decir que sufrí una gran decepción, se rompió el frasco de un mazazo y conmigo adentro. Día a día se reafirmaba la situación, lo que no era un buen indicativo.


La frustración me absorbió, estaba ahogado en la mediocridad, hecho que aún no logro cambiar de manera satisfactoria. Las carencias eran demasiadas, la falta de profesores, y por ende de clases, me dejaba a mí y a muchos otros bastante desorientados. Quería tener buenos profesores, pero no era así, no acostumbraban dar clases, y por lo tanto, ir a la facultad resultaba ser una pérdida de tiempo (aunque muchos parecían en desacuerdo con mi opinión). En ocasiones escuché a algunos de los profesores decir que los alumnos de esta facultad son autodidactos. El rol de educadores al parecer no lo consideran interesante, aunque si encuentran llamativo el de juzgadores.


Los exámenes eran para mí como pesadillas, a los que esquivé por mucho tiempo y en consecuencia, el inevitable atraso. Y como resultado natural mi presencia en la fila de los alumnos rezagados; por cierto, hábito difícil de abandonar. Era miedo, imposible negar, que muy a mi pesar sigo albergando, si bien en menor cuantía.


La pésima situación sería más llevadera, si entre los compañeros y las compañeras, en general, se observara algún tipo de rechazo al sistema establecido, lo que no sucede. La escasez de cuestionamientos sinceros impide cualquier intento o inclusive aspiración de organización a favor de una transformación. En gran cantidad de estudiantes es evidente el respaldo al funcionar corrupto y cínico de la facultad. Las excepciones existen, pero son insuficientes y muy poco visibles.


Es bastante complicado desenvolverse en condiciones tan desfavorables, donde impera el sometimiento, el abuso de autoridad, importa la influencia y no la capacidad. La oposición, la crítica; en síntesis, cualquier tipo de postura indócil no es bien recibida. El individualismo con base en la desconfianza o la falta de solidaridad, abstrayéndose de todos los demás, es la forma común de subsistir.


Es categórico que actualmente no cuento con los conocimientos ni con las destrezas necesarias para ser un buen profesional, permanecí paralizado más de lo tolerable y el tiempo perdido, perdido está.


E
n la mitad del camino, habiendo pasado tres años y con tres años por venir, todavía creo en mi elección. Hasta el momento mi desempeño no ha sido el esperado, pero estoy con la voluntad de cumplir con lo que me propuse. El Derecho constituye uno de los pilares más importantes de toda comunidad, y a mi juicio, es uno de los presupuestos del desarrollo de un país. Me gustaría fomentar el respeto a las personas y poder desempeñar positivamente la profesión que considero elemental.


El escenario no es nada alentador y muy difícilmente lo sea en un futuro cercano. Pero, en este proceso de convertirme en abogado, tras un sinfín de veces dando vueltas a la cuestión, lo esencial en mi persona se mantiene. Mi respuesta a la pregunta sigue siendo la misma que al principio, ingenua tal vez, pero si fuese en algo diferente, no valdría la pena continuar.